lunes, 2 de marzo de 2015

Ella y el.

Con una sonrisa que trata de disimular impotencia y melancolía, una sonrisa que se diluye según me va contando la historia. Como si se tratara de Crónica de una muerta anunciada, ya sabia cual era el final.
Ella, con un corazón en pedacitos, mantenía la esperanza de que el mismo de siempre se lo arreglara, sin darse cuenta que solo se lo rompía más. El, con el corazón virgen nunca creyó, no se si por miedo o incredulidad, que alguien pudiera ocuparlo.. Se conocieron una noche de vestido y corbata, una noche en la que Madrid se ilumina. Sin saber como se encontraron hablando, con una copa en la mano, el buscaba el momento de robarle un beso, ella el momento de irse a casa, gano el. En su portal, ella se negó a darle el numero y sin saber como se despertó con un buenos días en la pantalla del teléfono.
Pasaron los días y las casualidades empezaron a tomar protagonismo, de vacaciones y solo unos metros les separaba, ella en el numero once, el en el trece. Cada mañana, ella se despertaba y miraba por la ventana para buscarle, el cada noche le dejaba escrito en nieve un mensaje de buenos días. Una sonrisa tatuada en la cara, pero dejando que el miedo y el orgulloso decidiera por los dos, ninguno daba el paso de un "¿nos vemos?". Forzando encuentros fortuitos sin éxito, una noche de Enero por fin lo consiguieron, con la voz entrecortada, la mirada temblorosa, sin mediar palabra sintieron la necesidad de darse un beso, un beso que les enseño a no dejar que el orgullo o el miedo decidiera por ellos.
Empezaron a dejarse llevar, con esas ganas constantes de saber del otro a cada momento, contando los segundos para el momento de dormir juntos. Y como pasa cuando todo parece perfecto, paso.
El empezaba a creer que el corazón podía ser ocupado, ella que el corazón estaba hecho de una pieza y no de cientos. Pero como decía, paso. Ella, insegura, aterrada de lo desconocido, se encontró con el que nunca llevaba bandera blanca, con el que había hecho de su corazón un puzzle y se volvió a entregar a una causa perdida.
El sintió esa sensación por primera vez de no poder controlar algo, de odiar pero echar de menos. Y como un buen perdedor, se alejo. Ella arrepentida volvió, el no quiso hablar de perdones y se fue para siempre.
Con la mirada perdida, disimulando lagrimas que no caen, me cuenta que ahora solo quedan roces en alguna barra, las canciones que bailaban y las ganas constantes de volver su lado de la cama.
Ella tuvo quien le arreglara el corazón, el alguien que se lo ocupara.



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