martes, 1 de abril de 2014

Siete cervezas.

Camino a dos centímetros del suelo, floto por el aire, sonrisa marcada y pelo minuciosamente despeinado. Tu sentada en una terraza, cerveza en mano, enfrascada en la que parece una emocionante conversación; te miro, me miras, nos miramos... Giro el cuello descaradamente, no quitas la sonrisa y empiezo a plantearme mil excusas por las que retroceder y presentarme. Paro en seco, doy unos pasos marcha atrás, intuyo una patada debajo de tu mesa que avisa de mi envalentonamiento.
"Perdona la imprudencia, no he podido evitar pararme, iba pensando en lo que me apetecía una cerveza y tu, ademas, me has antojado una sonrisa. Siento ser tan directo, pero podría haber caminado de espaldas hasta mi casa para no dejar de mirarte así que he preferido parar y decírtelo. Omite mis nervios y tomate la siguiente conmigo, esta claro que no quiero irme sin ti. Tenemos poco que perder, tampoco te prometo tener nada que ganar, pero déjame justificar esta intrusión, creo que te puedo convencer."
Pasaban los segundos, que los nervios disfrazaban de horas, seguías con la sonrisa marcada, mientras, atenta escuchabas cada palabra que te decía. Sabias mirarme fijamente, me retabas y yo te hacia el amor con los ojos.
Aceptaste aquella cerveza y riendo me dijiste: "solo tienes una oportunidad". Nos centramos en ponernos a prueba, nos convencíamos con la mirada. Al final me diste siete oportunidades, siete cervezas, se nos hizo de noche, es más, se nos hubiera hecho de día si no hubieran cerrado aquel bar. Te acompañe a casa y al despedirnos me preguntaste: "¿Que hacemos ahora que nos queremos un poco?", acercamos los labios, sonriendo, gire la cara y al oído te susurre: "Conocernos hasta enamorarnos, hoy has manejado mi sonrisa a tu antojo, no quiero saber que puedes hacer después de un beso, déjame algo de cordura por esta noche, no puedo enloquecer tan de golpe".


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