martes, 14 de junio de 2016

Montaña rusa.

En forma de cuchara y en el sofá trenzaron los porqués, deshicieron los peros y ametrallaron las interrogantes. Tumbada sobre su pecho encontró razones que a veces perdía en caminos de dudas, excitada en sus caricias se dio cuenta que era ahí donde quería despertar cada mañana.
Sobre montañas rusas uno ríe y grita, sufre y se alivia, sobre montañas rusas uno encuentra él ansia en mitad de la subida pero la calma al final de la bajada.
Iban de la mano, como aquellos que separados se sienten indefensos, caminaban sin rumbo fijo, dejando que las calles descubrieran ante ellos los motivos de los malos momentos, dejando que los pasos de cebra les llevarán a entender porque sin explicación se querían a morir.
De pequeños les enseñaron el camino de el amor, sin explicarles la primera lección, y es que este está escrito de miles de formas y ninguna se parece a la anterior. Ellos, al principio, en su intento banal de reescribir Romeo y Julieta perdieron el rumbo, sin darse cuenta que su historia podría ser peor o mejor, pero iba a ser la suya, siendo actores principales y jamás secundarios. Iban a reescribir sobre estados de ánimo, sobre sensaciones y sobre todo, sobre porque un nosotros es capaz de destrozar cualquier obstáculo en su camino.
Ella aprendía a volar a su lado, el a no enseñarle el vuelo desde sus alturas si no a acompañarla en las suyas. Ella perdía el vértigo a despegar y el a salir de su zona de control.
Juntos descubren calles, planean en las nubes, se revuelvan entre sabanas y se quieren sobre montañas rusas.



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